Λ Edición ColombiaMiércoles, 7 de octubre de 2026Año I · Número 1 · logos.news

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Espiritualidad · Servir

El corazón del siervo

Jesús no vino para ser servido, sino para servir. Tres textos, uno por cada tramo del camino: lo que Él hizo, lo que hizo un samaritano en la cuneta y lo que Dios pidió a su pueblo en una ciudad extranjera.

Logos · Madrid
«El buen samaritano».
«El buen samaritano». Vincent van Gogh pintó en 1890 la escena de Lucas 10 a partir de una litografía de Delacroix (detalle). Kröller-Müller Museum, Otterlo.

Hay una pregunta que casi nadie hace en voz alta y que decide cómo vivimos: ¿para qué sirvo yo? No «para qué valgo», que es la pregunta de la vanidad, sino a quién sirvo, con qué manos, en qué horas del día. Jesús la contestó por sí mismo con una frase corta y la dejó como medida para los suyos. Hoy la leemos con tres textos: uno dice quién es Él, otro enseña cómo se sirve y el tercero dice dónde.

Quién: el que vino a servir

Los discípulos acababan de discutir por los primeros puestos. Jesús no los regañó; les cambió la escala. «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:26-28). La grandeza no se abolió: se redefinió. Grande es el que sirve, y el modelo no es una idea, es una persona. Él lavó pies, dio de comer, se detuvo con el que gritaba al borde del camino y acabó dando la vida. Servir, para un cristiano, no es una actividad de los sábados: es parecerse a Cristo.

Cómo: el que se acercó

Un intérprete de la ley le preguntó quién era su prójimo, y Jesús respondió con una historia (Lucas 10:25-37). Un hombre apaleado en la cuneta; un sacerdote y un levita que lo ven y pasan de largo; y un samaritano, extranjero y despreciado, que «viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él». Lo que distingue al samaritano no es que sintiera más, sino que se acercó. Vio una necesidad concreta y puso en ella lo que tenía: su tiempo, su aceite, su montura, su dinero y su mañana siguiente. Jesús no cierra con una definición, sino con una orden: «Ve, y haz tú lo mismo».

«¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él.»Lucas 10:36-37, Reina-Valera 1960

El prójimo, en la boca de Jesús, deja de ser una categoría y pasa a ser un verbo. No es «quién merece mi ayuda», sino «de quién me he hecho yo prójimo esta semana».

Dónde: la ciudad a la que te llevaron

El tercer texto es una carta. Dios la envía a los deportados en Babilonia, lejos de casa y sin ganas de echar raíces: «Edificad casas, y habitad en ellas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos… Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz» (Jeremías 29:5-7). Es el servicio en su forma más doméstica: el lugar donde vives, aunque no lo hayas elegido, es el lugar donde Dios te pide servir. El barrio, la oficina, el bloque de pisos, la ciudad que no es la tuya. Procurar su paz y orar por ella no son dos cosas: son las dos manos de la misma vida.

Un estilo de vida, no un gesto

Los tres textos juntos describen un estilo de vida de servicio activo: el ejemplo es Cristo, el método es acercarse a la necesidad concreta que tengo delante, y el lugar es donde ya estoy. Nadie lo vive de golpe. Se empieza por un paso pequeño: una necesidad que ya conoces y a la que llevas tiempo pasando de largo. Acércate a ella esta semana. Luego otra. El corazón del siervo no se decide en un propósito; se forma, como todo lo que es de Dios, haciendo lo mismo que Él hizo, un día detrás de otro.