Espiritualidad · Servir
El corazón del siervo
Jesús no vino para ser servido, sino para servir. Tres textos, uno por cada tramo del camino: lo que Él hizo, lo que hizo un samaritano en la cuneta y lo que Dios pidió a su pueblo en una ciudad extranjera.
Logos · Madrid
Hay una pregunta que casi nadie hace en voz alta y que decide cómo vivimos: ¿para qué sirvo yo? No «para qué valgo», que es la pregunta de la vanidad, sino a quién sirvo, con qué manos, en qué horas del día. Jesús la contestó por sí mismo con una frase corta y la dejó como medida para los suyos. Hoy la leemos con tres textos: uno dice quién es Él, otro enseña cómo se sirve y el tercero dice dónde.
Los discípulos acababan de discutir por los primeros puestos. Jesús no los regañó; les cambió la escala. «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:26-28). La grandeza no se abolió: se redefinió. Grande es el que sirve, y el modelo no es una idea, es una persona. Él lavó pies, dio de comer, se detuvo con el que gritaba al borde del camino y acabó dando la vida. Servir, para un cristiano, no es una actividad de los sábados: es parecerse a Cristo.
